Un uruguayo entre los escombros

06/Jul/2015

La Diaria, Por Ricardo Scagliola

Un uruguayo entre los escombros

Por Ricardo Scagliola
A 23 años de la voladura de la Embajada de Israel en Argentina, muchos se preguntan lo mismo que la esposa de Miguel Ángel Lancieri, el uruguayo asesinado el 17 de marzo de 1992 mientras reparaba un equipo de aire acondicionado en el edificio contiguo: ¿quién va a escribir la historia? Más de dos décadas pasaron desde uno de los atentados más sangrientos sucedidos en Buenos Aires, y muy poco es lo que se recuerda del estruendoso ataque que dejó 22 muertos, más de 800 heridos y algunas cicatrices sociales y políticas de lenta curación. La embestida a la mutual judía AMIA, producida dos años más tarde con el trágico saldo de 85 muertos, terminó eclipsando el primero de los ataques. Esa especie de adormecimiento colectivo envolvió en su espiral del olvido a su víctima más azarosa, uno de los tantos uruguayos que fueron a Buenos Aires buscando esquivar los latigazos económicos y sacudones políticos que por entonces azotaban el país. En realidad, irse a vivir a Buenos Aires era un proyecto compartido con su mujer, Nelly Durán. Se habían casado en Queguay, Paysandú, en 1973. Miguel Ángel había nacido en La Estación, un barrio humilde de la Heroica, donde compartía interminables partidas de truco y algún picadito de fútbol en el club Juventus, junto a sus amigos. Cada cinco años, Nelly y Miguel Ángel volvían a votar a Paysandú. “Al Frente, claro”. En los veranos, viajaban a Santa Teresa, a la playa Las Achiras.
Pero aquella rutina se quebró, de golpe y para siempre, a las 14.45 del 17 de marzo de 1992. Un bombazo sin nombre, sangriento y brutal, en la calle Arroyo al 900, como calculan los porteños, movió el piso de la inmensa reina del Plata. Ese día, Miguel Ángel había salido tempranito de su casa para reparar equipos de aire acondicionado en un edificio contiguo a la Embajada de Israel. Volvió a las pocas horas. Había olvidado una cadena y un candado que había comprado para evitar que volvieran a robarle la soldadora.
-¿Volvés temprano hoy?
-Supongo que sí.
Ésa fue la única vez en su vida que “sí” fue “nunca”. Argentina, que apenas había superado la revelación de los crímenes de la dictadura luego del juicio a las juntas militares en 1985, que había padecido el ataque guerrillero al regimiento de La Tablada en enero de 1989 y había asistido, atónita y aturdida, a la debacle del gobierno de Raúl Alfonsín, a la hiperinflación y a los saqueos, que había confiado en Carlos Menem con las ansias de sosiego de un boxeador contra las cuerdas; que había soportado, otra vez, una hiperinflación y un congelamiento de depósitos en enero de 1990 y disfrutaba ahora de un oasis en el desierto de su desesperación, la convertibilidad (un peso argentino, un dólar) consagrada por el ministro de Economía Domingo Cavallo, se encontraba otra vez sumergida en el desasosiego. Su presidente, un peronista pintoresco que jugaba al fútbol, frecuentaba vedettes y por esos tiempos impulsaba la privatización de las empresas estatales, anunciaba, casi alegremente, el envío de tropas argentinas a la guerra del Golfo en setiembre de 1990. “Si la Argentina quiere participar de los beneficios del proceso de gestación de un nuevo mundo de paz y progreso, debe asumir las responsabilidades”, justificaba Cavallo en setiembre de 1990, cuando era canciller. ¿Fue el atentado contra la Embajada de Israel una respuesta a aquella riesgosa movida, que obtuvo, como casi único reconocimiento, el desfile de las fuerzas argentinas por la Quinta Avenida de Nueva York y el agradecimiento del entonces presidente estadounidense George Bush (padre)? Es difícil saberlo, porque la investigación del atentado, prometida hasta las últimas consecuencias, naufragó en las marismas de la Corte Suprema argentina de entonces, menemista hasta la médula en su llamada “mayoría automática”.
Nada de todo eso flotaba en la calle Arroyo al 900 el día del atentado, mientras socorristas, policías, familiares, periodistas, caminaban entre cristales destrozados; mientras el viejo Hogar San Francisco de Asís, frente a la embajada, trataba de atenuar su aspecto irremediable de trinchera bombardeada. Esa noche no hubo respuestas. Sólo más y más incertidumbre. Sin datos, sin explicaciones, sin más referencias que las de Fabián, un joven que ese día acompañaba a Miguel Ángel y que logró sobrevivir al horror, Nelly comenzó una desesperada búsqueda que terminó en la comisaría 15 de Buenos Aires, sobre la calle Suipacha. “¿La señora es pariente?”, preguntó un guardia. Fue entonces que, después de unos minutos de espera, los policías le confirmaron que el cuerpo estaba en la morgue. En realidad, ella ya lo sabía. Había “algo” que intuitivamente le decía que estaba todo perdido, cuenta, 23 años después a la diaria. En ese momento sintió que la chupaba la tierra. Literalmente. Guardaba la esperanza de que su marido estuviera herido, que hubiese sido derivado a algún hospital, a algún centro de salud de la zona. Pero ya en la mirada de los policías se dio cuenta de que aquellas vaharadas de polvo de 60 metros que el edificio de la embajada exhalaba como el último aliento de un animal herido de muerte habían devorado toda esperanza de encontrar a Miguel con vida. Empezaba otra historia. La de los actos, la de los familiares, la de las explicaciones vacías.
De un día para otro, el destino había colocado a esta uruguaya en medio de un conflicto político en Medio Oriente con resonancias mayúsculas en Argentina. De repente, todo era letra muerta. Paysandú, el Queguay, los veranos en Las Achiras, las partidas de truco hasta la madrugada, los picaditos con los amigos, “El Uruguay”. Pero, aun así, Nelly no pensó en la aventura del regreso a Montevideo, por aquel entonces envuelta en discusiones sobre el futuro de las empresas públicas: “Siempre pensé en mis hijos, que estaban cursando acá, en Buenos Aires. Ya me había aprendido el himno argentino, todas las canciones, para participar, sentirme parte… nunca me sentí excluida”. La solidaridad de los vecinos y de los amigos sostuvo sus planes. La escuela becó a sus hijos, los padres de los compañeros de clase comenzaron a hacer colectas para mantener el alquiler de su casa y los vecinos mandaban, todas las semanas, canastas de alimentos. Después de unos meses, Nelly volvió a Paysandú de visita. Ida y vuelta empapada en lágrimas, con ese dejo de nostalgia de los uruguayos desprendidos de la tierra. Su decisión fue no volver, pero como en esos juramentos íntimos que a veces se hacen las personas, Nelly prometió (se prometió) honrar la memoria de su marido. Y golpear todas las puertas.
Calvarios
“Sr. Presidente de la Nación
Dr. Carlos Menem
Presente:
El 17 de marzo de 1992, a las 14.50 horas, fallece mi esposo, padre de mis cuatro hijos, único sostén de mi hogar, en el atentado a la Embajada de Israel.
En un segundo queda trunca una vida joven, buena, de sacrificio y de trabajo desde aquel día en que decidimos casarnos y emprender el camino juntos en esta tierra que desde el principio supo abrirnos los brazos (somos uruguayos)…”.
Nelly relata de un tirón, como si hubiera ocurrido ayer, sus recuerdos del atentado. Cartas al presidente, reuniones con la embajada, misivas a los diarios, súplicas a los cortesanos de la Justicia. Ese vía crucis llevó a Nelly a recordar una y mil veces a los familiares de desaparecidos. “No hay nada peor que no encontrar respuestas”, suelta Nelly, en un escueto racconto de las pulseadas con el poder menemista. Hay un denominador común en su historia y la de los familiares de desaparecidos: el talante desafiante, la búsqueda incansable de la verdad, el quiebre por razones exógenas de una vida de ama de casa y también cierta distancia de lo político en un sentido general hasta ser empujados por las circunstancias. “Uno acepta las reglas del juego de la política porque piensa que algo va a poder sacar”, explica. Pero los gobiernos fueron pasando y las contestaciones siempre fueron similares. Hubo, eso sí, gestualidades distintas. Este año, cuando se cumplieron 23 años del atentado, y en medio de los tironeos políticos del caso Nisman, la presidenta argentina recibió en la Casa Rosada a los familiares. Nelly le pidió a Cristina Fernández desclasificar la información que hubiera sobre la embajada. La presidenta le dedicaría, horas más tarde, un tuit: “Está Nelly Durán, con su nieta Luna de 11 años. Nelly es la viuda de Miguel Angel Lancieri, un peatón…”. Y otro: “Alguien anónimo, que justo pasaba frente a la embajada en el minuto fatal que Dios o la vida nos tiene asignado a cada uno”. Fernández respondió que sí, que desarchivaría la información, pero supeditó ese gesto a un pedido de la Corte Suprema. Pero Nelly Durán es escéptica. “Ha habido muchas complicidades y muchos silencios en estos años”, fundamenta.
También fue este año que Nelly viajó junto a los familiares de las otras víctimas del atentado al Vaticano. Francisco los bendijo, les entregó un rosario y pidió a los abogados “toda la información” sobre el atentado. Como testimonio de esa búsqueda sin fronteras, ahora el rosario reposa sobre uno de los vértices de un retrato familiar junto a Miguel Ángel. La foto, tomada durante la fiesta de egresado de su hijo mayor, Maxi, preside el living desde la repisa de la biblioteca de su casa. ¿Alguna expectativa? “No sé, creo que no”.
Todos los años, en la previa del aniversario del atentado, los familiares suelen reunirse para consensuar las palabras que luego dirán en cada acto. Es un momento de recordación. Una forma de mantener encendido su reclamo. Pero no siempre fue así. En un principio, la convivencia con el resto de los familiares y las autoridades de la embajada no fue sencilla. En 1997, cuando se realizó el primer acto en el que participó Nelly, en el punto exacto del vallado que divide a los familiares y las autoridades del resto del público, los guardias de seguridad la detuvieron. “Yo les dije que cómo, que era el padre de mis hijos…”. Fue gracias a un pedido que le hicieron a una de las sobrevivientes, Lea Kovensky, que a su vez era la secretaria de la Embajada de Israel, que lograron acceder al espacio reservado a los familiares. A partir de ese día, como si la fuerza para empujar las vallas y sobrepasarlas fuera la insinuación de algo más, todo fue distinto. El último acto, que tuvo lugar el 17 de marzo, coincidió con las elecciones en Israel. Por eso, la embajada decidió correr el aniversario. “A mí me sorprendió mucho, porque para nosotros el día sagrado es el 17, y fuimos, nos reunimos los familiares sin el aparataje de micrófonos. Fue algo más nuestro, más propio. Sin embajada. Solos, nosotros. Hicimos un discurso y cada uno dijo lo que pensaba. Para mí, teníamos que hacer eso y no ir al otro acto. Pero de todas formas terminamos resolviendo ir al de la embajada”. No fue el único punto de tensión con las autoridades israelíes.
El encontronazo más grande tuvo lugar después de que el ex embajador de Israel en Argentina Itzhak Aviran revelara que “la gran mayoría de los culpables” del atentado a la sede diplomática en Buenos Aires fueron abatidos por Israel. “La gran mayoría de los culpables ya está en el otro mundo, y eso lo hicimos nosotros”, prosiguió Aviran, en una entrevista con la Agencia Judía de Noticias de Argentina, que lo interrogó respecto de la impunidad que pesa sobre los ataques con bomba perpetrados contra la Embajada de Israel y la mutual AMIA. Las declaraciones del ex diplomático extendieron la idea de una operación de los servicios secretos israelíes similar a la organizada contra los terroristas palestinos que supuestamente asesinaron a 11 atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, aunque negada por el Estado de Israel. “Sabemos quiénes fueron los culpables, y la gran mayoría ya se encuentra en el otro mundo”, insistió quien fuera embajador del Estado de Israel en Argentina entre 1993 y 2000. “Eso es para tapar las responsabilidades. Si así hubiese sido, los primeros en enterarnos debimos ser nosotros”, refuta Nelly. Y va más allá: “La embajada intentó cubrir el atentado […]. En esos diez años se estuvo esperando que el propio Israel se presentara como querellante. ¿Por qué no se presentó como querellante? Israel nunca quiso investigar”.
“En los primeros cinco años no se investigó nada. Luego sí empieza a moverse un poco la causa. Nos llaman en 1998, pero luego, hasta el año 2003, nada”, repasa. En la actualidad, la causa es llevada por el titular de la Secretaría Judicial Nº 3 en lo Penal de la Corte Suprema, Esteban Canevari, que en 1999 dictaminó que el autor intelectual del atentado fue Imad Fayez Mughniyeh, miembro de Hezbollah. En diciembre de 2006, la Corte debió declarar imprescriptible la causa, que fue caratulada “Averiguación de los delitos de explosión, homicidio y lesiones calificadas y daños con motivo del atentado a la Embajada de Israel”. La Suprema Corte decretó ese año que la causa, que desde sus inicios pasó por cuatro jueces de instrucción, “no se ha extinguido por el transcurso del tiempo”, al entender que “hay diligencias en trámite que interrumpen los plazos que determinarían el cierre de la investigación”. A pesar de que lo solicitaron, los familiares no lograron que la causa se declare delito de lesa humanidad. Por eso, el balance es más que magro. “Yo siempre pensé, siempre sentí que esto no tenía nada que ver con el tema de Medio Oriente, sino que había por detrás negocios, de armas, de drogas… y que estaban todos metidos. Israel, Argentina… los gobiernos”, se lamenta Nelly en voz alta. Y remata: “Ha habido muchas complicidades y demasiados silencios”.
Hubo tantas maneras de ser una víctima del atentado a la embajada como personas había en los alrededores. Gente dispuesta a ayudar, familiares, integrantes de los equipos de rescate, médicos, enfermeras, todo el dolor o el compromiso humano que dejó la explosión a su paso. “Al principio, en los actos recordatorios éramos muy pocos. Hasta hoy, cuando voy, me encuentro con gente nueva. Ahora hicimos una comunidad con familiares, nos juntamos antes, vemos qué vamos a decir. Pero hasta el día de hoy pasa algo muy particular. Se acercan nuevos familiares de personas indocumentadas que trabajaban en la embajada”. Es el caso, por ejemplo, de tres albañiles bolivianos por los que, en un principio, nadie reclamó. Pero hay más. Personas que no resultaron heridas. No enseguida: a los momentos de desconcierto siguió el shock y al shock siguieron vidas sin rumbo. “En este último acto ocurrió algo que nos impactó. Frente a la embajada hay una escuela católica y una parroquia. Al lado de la escuela hay un hogar de ancianos, donde murió el cura como consecuencia de la explosión. No murió ninguno de los chicos pero quedaron muy afectados. Pero este año apareció una de las nenas, que ahora es mamá, tiene 28, 29 años, y que nos cuenta la historia de ella y sus compañeritos en el Hogar San Francisco de Asís, y nos dice que uno de ellos se suicidó a los 14 años”. Por eso, sostienen los familiares, 23 años después la onda expansiva del atentado sigue cobrándose víctimas.
Para Nelly, los aniversarios son muchos. El aniversario del día que dejó Paysandú, el aniversario del día en que llegó a Argentina, el aniversario del día en que empezó a trabajar en Garbarino, el aniversario del día del atentado… Algunas veces, en los ratos libres que le deja su trabajo en la Defensoría del Pueblo, aprovecha para escribir a los diarios, en el espacio dedicado a los lectores. Unas veces lo hizo a El Telégrafo de Paysandú: “Somos rehenes de los mercaderes de la muerte que usan nuestro dolor para sus intereses. Sería para mí, ciudadana uruguaya también y de sus cuatro hijos argentinos pero que aman a Uruguay como su segunda patria, muy importante que se recordara allí este atentado terrorista aún sin Justicia. Desde ya, muy agradecida”.
Este verano, Nelly esparció las cenizas de Miguel Ángel en la playa Las Achiras de Santa Teresa, el lugar predilecto para los veraneos en Rocha. El lugar donde pasaron su último verano juntos, en febrero de 1992. A su regreso a Buenos Aires le llegó la noticia de que una escuela de Paysandú había sido nombrada “Estado de Israel”. Pensó que un día podía ir hasta la Heroica, ahí donde se entrecruzan el origen, los recuerdos familiares y el destino fatal, “para que en esa escuela se ponga algo que haga referencia a que en la embajada murió un sanducero”. Para que no pasara lo que su hija Gisella advirtió a sus diez años, después del atentado a la AMIA: “Ahora nadie se va a acordar”. Esas palabras inocentes (y no tanto) escondían el temor, finalmente confirmado, de que el caso de la embajada pasara a ser una especie de subcapítulo del caso AMIA.
Ahora, de la embajada queda apenas una plaza y la silueta de la estructura del edificio. También hay tilos, esos árboles resistentes, orgullosos y obstinados que no se van por las ramas; crecen a lo alto sin nada que los distraiga de su obsesión por tocar techo. Hay plantados 22 en este rectángulo de la memoria, ideado como homenaje de la ciudad a los fallecidos en los atentados. Uno por cada asesinado. Hay otros monumentos, otros memoriales, pero es acá donde las familias prefieren recordar a los suyos cada 17 de marzo. Quizá porque, lejos del bronce y el granito de las estatuas y las placas, los árboles están vivos. No hay un nombre para cada uno, pero puede que haya a quien le reconforte imaginar que uno de esos encarna la inconsolable ausencia de su ser querido. En un costado de la plaza, dos adolescentes se comen a besos y cinco abuelos hacen gimnasia a las órdenes de un personal trainer hiperactivo. Seguro que alguno, allá por setiembre, salió con los bolsillos llenos de las flores que, dicen los médicos, tienen propiedades curativas. Nadie las recoge, pero nunca queda una.
Ricardo Scagliola